Terapia Narrativa

Educar la toma de decisiones

¿Es posible que la vida, o la forma de vivir una vida se reduzca al arte de tomar decisiones?

Reducir no es necesariamente una forma correcta de acercarse a las ideas. Sin embargo, es inevitable, tenemos miradas reducidas, y suelen estar empañadas por roles y contextos. Así que desde mi rol de madre, me estoy oyendo frecuentemente hablar de la toma de decisiones.

Desde mi rol de psicoterapeuta he llegado a la conclusión de que muchas de las situaciones que vivimos o que viviremos, son el resultado de una serie de pequeñas decisiones cotidianas que hemos venido tomando desde la infancia.

Por eso, me parece fundamental educar a los niños en la inteligencia para la toma de decisiones.

En “psicología del pensamiento” aprendí que tomar decisiones implica, siempre y necesariamente, ganar y perder. A veces lo que ganamos nos interesa mucho, pero a veces lo que perdemos también. El arte está en tener claro cuánto nos importa eso que ganamos o perdemos. Y esto se reduce (vuelvo a la dichosa palabreja) se reduce a las expectativas que nos empujan ante cada decisión. Por que son las que nos mantendrán enfocados en la toma de riesgo. Es decir, en priorizar si nos interesa más ganar o perder.

Elegir no tomar un caramelo, a los 4 años, puede ser una insignificante toma de decisión, pero es una. Es decir, con ese simple hecho, aprendo a optimizar una pérdida muy a corto plazo, el dulce en la boca y el placer añadido, pero a maximizar en su lugar una ganancia a largo plazo, salud y buenos hábitos (o el agrado de mamá…)

Elegir optimizando una distancia importante, es decir, elegir enfocados en una meta o en nuestros propios valores, es el verdadero arte de la elección.

 

Pero por eso también, es importante decir, que las decisiones rara vez se pueden generalizar, aunque solemos generalizarlas. Una decisión es por naturaleza personal e intransferible. Porque está guiada por expectativas, metas y valores personales. Nos gusten a los padres, en un futuro, más o menos esas decisiones.

No podemos decidir por otra persona, ni podemos decir cual es la opción correcta para los demás. Lo que sí podemos hacer es educar las expectativas, las metas y los valores de los seres humanos, incluidos nosotros mismos.

Por eso creo que en la infancia es cuando se aprende el arte de tomar decisiones. Sin teorizaciones ni abstracciones, allí es cuando se aprende a maximizar las ganancias (enfocados en los largos plazos) o a optimizar los riesgos (enfocados en el corto plazo).

Cuando en una fracción impercetible de segundos, elijo que una idea remota sobre la mirada de otra persona me hunda en la miseria, tomo sin notarlo la decisión de que una expectativa sobre el afecto de los demás, se transforme en mi mayor pérdida: me pierdo el sol en la cara, los amigos que aun me quedan, el aire fresco entrando por los pulmones. Decido hundirme. Lo elijo. Mis expectativas sobre la vida se quedan tan cortos como eso. No veo valores sobre mi persona que me sostengan, ni metas que me hagan seguir interesado en ganar.

Me gusta llamar a estas expectativas, metas y valores que dirijen las decisiones: esperanzas.

¿Cuáles son tus esperanzas cuando decides no comer un caramelo fuera de hora o tomas la gran decisión de no hundirte por una mirada?

Asisto a una iglesia que habla mucho de la esperanza. Las iglesias suelen hablar de esperanza. Pero a veces me pregunto ¿a qué esperanzas se refieren? ¿tocar el arpa y vestir túnicas blancas? Por que muchas de sus caras no parecen muy esperanzadas.

Me gustan las esperanzas que ocurrirán, primero y sobre todo, en este mundo, creo que esas son las verdaderas esperanzas que transforman.

Jesús me llena de esas esperanzas, tan reales como la transformación de un carácter, una mente, un dolor.

Tal vez lo que necesitamos educar en nuestros niños, si queremos educar la toma de decisiones, es educar primero nuestras esperanzas como familia: nuestras expectativas, metas y valores para la vida.

Y finalmente, creo que la educación de las esperanzas se hace sin palabras, simplemente, se vive esperanzado o no, se contagia o no. Y como decía, asisitir a una iglesia, te puede llenar de esperanzas o no.

¿Qué llena tu mochila de esperanzas para la vida? Te contaría las mías, pero no quiero condicionarte. Prefiero dejárte solo con las tuyas…y las de tu familia.

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